domingo, 25 de junio de 2017

Uriel Martínez (1950 )

La suerte


Sólo una vez frente
al cuaderno se anota
un nombre, una materia
escolar, un corazón latiente;
sólo un instante la luz
da de golpe en pelo,
frente, párpados vivos;
sólo un flash de golpe
captura, aprehende, ilumina
la mirada;

porque el ojo, el oído, el perfil,
el cuerpo se desangran,
se despiden, se vacían
como el barro que, perlado,
suda, hierve, reposa,
aplaca, enfría, envuelve;
hace que olvidemos al muerto,
su nombre, su aliento, su
negra suerte.


[Inédito]

sábado, 24 de junio de 2017

Kim Addonizio (1954 )

Oscureciendo, luego clareando


El cielo sigue mintiéndole a la granja,
alineando sus pesadas nubes
sobre la sombrilla de mesa azul
para luego lanzarlas sobre el río.
Y el día se siente desesperanzado
hasta que observa unos árboles
dejando caer delicadamente sus pétalos blancos
sobre el pasto junto a la casa de pájaros
posada en su poste de madera,
atiborrada de polluelos parpadeantes
como prendas en una maleta pequeñita. Al principio
deambulaste solitariamente en el jardín
y no ayudó en nada saber que Wordsworth
se sintió igual, pero entonces Whitman
te consoló un poco, y viste
el pasto como cabello sin cortar, anhelante
del producto que le da brillo.
Ahora estás recostada en el sofá bajo el tragaluz,
el cielo empieza a limpiarse,
mezcla su coctel de tristeza y resplandor,
un diluvio y luego una excavación
y luego suficiente tiempo para un
baile o un beso más antes de que empiece otra vez,
oscureciendo, luego clareando.
Escuchas el alto reloj de madera
en la cocina: su péndulo chasquea
de un lado al otro todo el día, y repica
con un sonido puro, cada hora a la hora,
aunque siempre a la hora equivocada.



("el poeta ocasional", trad. martha rodríguez mega)

viernes, 23 de junio de 2017

Blanca Varela (1926/2009 )

Alba


Al despertar
me sorprendió la imagen que perdí ayer.
El mismo árbol en la mañana
y en la acequia
el pájaro que bebe
todo el oro del día.
Estamos vivos,quién lo duda,
el laurel, el ave, el agua
y yo,que miro y tengo sed.


("life vest under your seat")

jueves, 22 de junio de 2017

Igor Barreto (1952 )

Carreteras nocturnas



AL cumplir los 35 años
me entregué con pasión
a las carreteras nocturnas, en ese tiempo viajaba
por el país imaginario
que todos construimos,
un país que me seguía como la única camisa azul
o el pañuelo
en el bolsillo izquierdo. Solía entonces
asomarme
a la ventanilla del autobús
y mirar en trance
la línea que segmenta
la mitad de la carretera, aquella línea
atravesada audazmente
por la pelambre de un zorro
o la sombra de una lechuza
escapada a la fijeza
de potentes faros,
o simplemente
el celaje
de una silueta
humana
huyendo de la fatalidad
y el arrollamiento.

El pasillo interno del autobús
era otro camino
de cuerpos contraídos
en posición fetal.
El ayudante del chofer
recorría aquel pasadizo
apoyándose en el espaldar
de los asientos
y mirando
al interior del sueño
de los viajantes.
Había silencio
y algún susurro de voces
era el esporádico acompañamiento
de aquellas horas.
El sueño que se vive
durante un viaje en autobús
produce fatiga de los sentidos:
debilidad nerviosa, psicastenia.

A los 35 años
ya era un viajero
por lugares de crápula y peligro,
y había descubierto algo
tan importante
como el destino familiar
esperado al término de la ruta.
Finalmente
atinaba con aquello
que parecía
una metáfora del país.

El novelista Enrique Bernardo Núñez
en Una ojeada al mapa de Venezuela
escribió esta frase:

Ante todo la tierra que tenemos delante reclama de nosotros una interpretación.

Deben ser como las 2 a.m.
y la proa del bus-cama
reduce la velocidad
estacionándose bajo el antetecho
de un restaurante de carretera.
Al abrirse las puertas del bus
nos desplegamos aturdidos
a la soledad de los urinarios,
al tragamonedas,
al pan y al café.
La luz del recinto
era blanca
como una niebla
que rozara la cabeza de los viajantes.

En la oscuridad
la carretera permanecía
–inmóvil–.

Sé que hay una ciudad cercana,
un bosque cercano
pero cómo relacionarlos
y armar con ellos
un universo.
El mapa del país
resulta inútil.

A pesar
de la certeza de la noche
si alguien preguntara:
¿qué día es,
de qué año y qué fecha?,
no sabría responderle.

Entonces, aquel momento estancado
en un presente continuo
me pareció tan semejante al país:
quiero decir que el país
es como los restaurantes nocturnos
de carretera.
Estas imágenes han resonado
durante años
como una onda que se expande
y no se disuelve.
Diría que es un lugar de amnesia.
Así también lo cree
un poeta antillano llamado Walcott.

La amnesia
es la visión de unas garzas
que posan a la orilla del mar
luego de un largo viaje.

La piedad llueve
sobre esta estampa
y no hay remedio.
Quién recuerda
una muerte ocurrida,
un pasado sepultado.

Con ojos calmos
releo –otra vez–
Una ojeada al mapa de Venezuela,
impreso por la editorial Élite en 1939:

A veces, al cruzar una aldea, veo casas abandonadas. El hombre se ha marchado de allí y ha cambiado sin dificultad el hogar por una reducida habitación en la ciudad fría.

En 1939
todavía se hablaba de la «hermosa barbarie»
mas hoy
las favelas acorazan
las montañas
con su muro de ladrillos anaranjados.

Es la maldita circunstancia
del presente por todas partes.

Ahora,
cuando el bus se aleja del restaurante
hay un momento en que la fachada
queda impresa
como un resplandor tenue
en el enorme vidrio lateral
de las ventanas.

No entiendo por qué evoco
un viaje a Grecia
y mi única visita
a la Acrópolis
y al teatro de Epidauro.

Mis ruinas
siempre han sido:
el óleo de una quieta montaña,
o la incandescencia
de la costa caribeña de Macuto.

Un país entrañable

que no volverá más.


("latin american literature today")

miércoles, 21 de junio de 2017

Luís Quintais (1968 )

Doce

VI

Un mapa está sobre la mesa.
Encuentro también ahí un libro.

El mapa está semiapagado, a espacios
largos, entre inscripciones,
encontramos tierras sin nombre,
incógnitas, señales de manchas y descuidos.

El libro está quemado,
carbonizado. El libro
es una sombra de ceniza
que se deshace al tacto.

La mesa era de mi padre, pero el mapa
y el libro son sólo fragmentos
o indicios de lo que
oscuramente fui.


IX

Eras niño
y te sentabas en el piso
muy quieto,
orillándote a la tierna
llegada.

La flor más negra
depositaba la leve,
segura forma
sobre tu mirar
para doler.

La madre enceraba el piso,
había silencio entrecortado
por disparos lejanos
allá afuera,
un designio de normalidad,
una figuración del Paraíso
allí dentro,
allí dentro.

Después llegaba
lentamente-
despacio -dirás hoy, perplejo-
y abandonaba la suave
digna mano
sobre tu cabeza.


("nueve poetas portugueses para un nuevo siglo, antología", ed. unam, méxico, 2016; traducción josé javier villarreal)

martes, 20 de junio de 2017

Luis Antonio de Villena (1951 )

La canción de las sirenas


Yo te rogaría, hermana, que lo dejases libre.
Sé que te gusta su cuerpo oscuro y que cuando
sostienes en tus manos sus glúteos apretados,
los párpados del mar abren sus ojos límpidos...

Hermana, mi soledad precisa también su cuerpo, 
la reciedumbre de sus piernas, sus ojos de miel
oscura, el brillar de sus labios, su pecho duro y maravilloso
como hecho en jaspe y pedernal, pero acuático asimismo.

Cuando me posee y su lengua sucumbe
a mi lengua, y su fuerza se somete en
la beatitud de su dulzura cetrina y hermosa,

la muerte me acompaña transformada en vida.
Hablaban dos sirenas de un joven pescador tunecino.
¿Qué lengua dicen las sirenas, quiénes son, amigo?


("en afán desmedido", ed. uv-xalapa, ver., méxico, 2017) 

lunes, 19 de junio de 2017

Ko Un (1933 )

Bajando de la montaña


Al mirar atrás
¡ah!
la montaña de la que desciendo
ha desaparecido.
En el lugar donde estoy
la brisa otoñal agita
indolente
la piel que mudó la serpiente


("a media voz",versión joung kwon tae revisada por isabel r. cachera)